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En 1.437, Lorenzo II Suárez de Figueroa, dos años después de su matrimonio con María Manuel, descendiente de la realeza castellana, inició la construcción de un Alcázar, el llamado Palacio de los Duques de Feria. Las obras, concluidas en 1.443 (como reza en una inscripción de acceso a la torre del homenaje), dieron como fruto un edificio en el que se buscaba más que la fábrica de un baluarte defensivo, la consecución de una residencia señorial. Su regularidad y precisión edificatoria concuerda con las construcciones palaciegas góticas del siglo XV, si bien en cuanto a la decoración responde al gusto mudéjar. Muy interesantes son las pinturas de la cámara de los esposos, situadas en la torre del Homenaje, así como los techos holladeros del salón principal de la planta baja. En época del segundo conde de Feria se completó el edificio con las techumbres dispuestas en la Sala Dorada y en la Capilla.

En torno a 1.600, en tiempos ya del segundo Duque de Feria (Lorenzo IV Suárez de Figueroa y Córdoba) el viejo Alcázar medieval, obsoleto y limitado, fue sometido a una profunda remodelación. Las reformas, encomendadas al Maestro Mayor de las obras ducales, Francisco de Montiel, consistieron en la construcción de un precioso patio de mármol de líneas clasicistas, de dos nuevas alas con azoteas adosadas a ambos lados de la puerta principal y de otras tantas galerías abiertas a un nuevo jardín, que vendrían a complementar a la vieja “Huerta Honda”, como escenario de fiestas y juegos cortesanos. El jardín y la huerta se abastecían del agua proveniente del gótico Pilar del Duque. Por fin, hacia 1609 se construyó un pasadizo para unir el palacio con la anexa iglesia conventual de Santa Marina, siguiendo los mandatos de Doña Juana Dormer (primera Duquesa de Feria). El palacio es uno de los monumentos histórico-artísticos más importantes de la ciudad y  emblema  de la misma. Fue declarado monumento nacional en tiempos de la II República.

 

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